Selfie-ish

Selfie-ish

by Jay McAdams

The first time I met one of the most famous Italian women in the world, she smiled at me across a crowded room. From where I stood I could barely make out her smile. That’s because I could barely see her and because she was barely smiling. It was eleven years ago when I first saw the Mona Lisa at the world famous Louvre in Paris. I remember being somewhat disappointed in the way the painting was mounted behind glass, giving it a hazy greenish appearance. And I was surprised how small the painting was. Unlike most other pieces at the Louvre that you can go right up to, museum-goers were kept back quite a few feet from the Mona Lisa by a railing, even though it was protected by this wall of glass. There was a throng of people up against that railing trying to decipher the genius in the work. But it was respectful, at least as I remember it. I tried to navigate the crowd little by little to get up to the front, but even with everybody doing that same thing, the overall tone of the room was reverent because we all understood that we were in the presence of one of the great masterpieces of all time.

I returned last week to the palatial Louvre, which is still overwhelmingly breathtaking. There is now an Apple store next to the inverted pyramid below street level, right across from the centuries-old Comédie Francaise workshop. The Mona Lisa is one of the iconic works of art on the signage that helps you decide which section of the enormous palace to enter. In other words, it’s one of the most revered works of art in the Louvre. The energy in the Mona Lisa room was very different this time. It was even more crowded but what I noticed most was that the reverence was gone. The crush of people pushing toward the front were focused barely at all on DaVinci’s work now because they were looking at it through their phones. Many turned their backs to it for selfies. Today’s crowd is no longer about understanding why art scholars have long defined this work as one of the greatest paintings in the world, but rather about showing the world that they’re there seeing it. It’s no longer about the experience of seeing it, but rather being seen. This, in and of itself didn’t surprise me. We’ve all seen this phenomenon many times by now. In just the 3 years since Webster added the word “selfie” to the dictionary, we have added “selfie-ish” to our way of life.

Make no mistake, I’m no art puritan. I took many selfies standing in front of thousand year-old sculptures that day, relegating some of the most important art in the history of mankind to a mere backdrop. But the Mona Lisa room more than anywhere else in that stunning museum, really bothered me because it made it crystal clear that smart phones have dumbed us all down. No wonder we’re so divided. No wonder we can’t even agree on basic facts anymore. No wonder empathy is at an all-time low. This awful global change in behavior has clearly reached all over the world.

It wasn’t the selfies themselves that were the problem. It’s the narcissism that comes along with the desire to always put yourself in the foreground. As I waded into the self-absorbed mob it was like being in a paparazzi feeding-frenzy, like the ones who chased Princess Di into oblivion in that very same city. Nobody was even remotely aware of anybody or anything else in the room because their hunger to get themselves in the shot with the mysterious Italian made everyone else invisible.

I always think of the past as being more primitive than the present. But being surrounded by ancient art, it was so clear to me that modern technology, as incredible as it is, has moved mankind backward in the evolution scale. In some ways this art from centuries past is more evolved than those of us paying to photograph it with our devices, which we would really love to recharge, btw. After the Mona Lisa, I came upon an ancient statue of man or a God, appearing to take a selfie of himself, with people standing in front of him mirroring the image by taking selfies. Very meta, I thought. Rather than interrupting everyone’s selfie by trying to read the plaque and see what the selfie statue actually was, I just took a shot of it instead. I can always google it.

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SELFIEGOÍSMO

La primera vez que conocí a una de las mujeres italianas más famosas del mundo, me sonrió a través de una habitación llena de gente. Desde donde estaba yo apenas podía distinguir su sonrisa. Eso es porque apenas podía verla y porque apenas sonreía. Hace once años que vi por primera vez a la Mona Lisa en el famoso Louvre de París. Recuerdo estar un poco decepcionado por la forma en que la pintura fue montada detrás de vidrio, dándole un aspecto verdoso brumoso. Y me sorprendió lo pequeña que era la pintura. A diferencia de la mayoría de las otras piezas en el Louvre a las que uno se puede acercar mucho más, los visitantes del museo se mantuvieron a unos pocos metros de la Mona Lisa por una barandilla, además de que estaba protegido por una pared de vidrio. Había una multitud de personas pegados a esa barandilla tratando de descifrar al genio en la obra. Pero fue respetuosa, al menos así es como lo recuerdo. Traté de desplazar a la multitud poco a poco para llegar al frente, pero incluso con todo el mundo haciendo lo mismo, el tono general de la habitación era reverente porque todos comprendimos que estábamos en presencia de una de las grandes obras maestras de todos los tiempos. Regresé la semana pasada al palacio del Louvre, que sigue siendo abrumadoramente impresionante. Ahora hay una tienda de Apple junto a la pirámide invertida debajo de la calle, justo enfrente del centenario Taller de la Comedia Francesa. La Mona Lisa es una de las obras icónicas de arte en la señalización que nos ayuda a decidir qué sección del enorme palacio entrar. En otras palabras, es una de las obras de arte más veneradas del Louvre. La energía en la habitación de Mona Lisa era muy diferente esta vez. Estaba aún más llena de gente, pero lo que más noté fue que la reverencia había desaparecido. El estruendo de gente que empujaba hacia el frente que ahora apenas se enfocaba en el trabajo de DaVinci porque lo miraban a través de sus teléfonos. Muchos le dieron la espalda para tomas selfies. La multitud de hoy ya no trata de entender por qué los estudiosos del arte han definido este trabajo como una de las mejores pinturas del mundo, sino más bien mostrar al mundo que están allí viéndolo. Ya no se trata de la experiencia de verlo, sino de ser visto. Esto, por sí solo, no me sorprendió. Todos hemos visto este fenómeno muchas veces a estas alturas. En apenas 3 años desde que Webster agregó la palabra "selfie" al diccionario, hemos agregado "selfiegoísmo", a nuestro modo de vida. No se equivoquen, no soy un puritano de arte. Tomé muchos selfies dónde me coloqué delante de esculturas milenarias ese día, relegando algo del arte más importante en la historia de la humanidad a un mero telón de fondo. Pero la habitación de la Mona Lisa más que en ningún otro lugar en ese impresionante museo, realmente me molestó ese hecho porque me quedó muy claro que los teléfonos inteligentes nos han atontado a todos nosotros. No es de extrañar entonces que estemos tan divididos. No es de extrañar que ni siquiera podamos ponernos de acuerdo sobre las cosas más básicas. No es de extrañar que la empatía esté en su punto más bajo. Este terrible cambio global en el comportamiento ha llegado claramente a todo el mundo. Pero el problema no eran los propios egoístas; es el narcisismo que viene junto con el deseo de ponerse siempre en primer plano. Mientras entraba entre la absorta muchedumbre, me sentí como un frenético paparazzi, igual que los que persiguieron a la princesa Diana hasta el olvido en esa misma ciudad. Nadie era ni remotamente consciente de nadie ni de nada en la sala porque su hambre de meterse ellos mismos en la foto con la misteriosa italiana hacía invisible a todos los demás. Siempre he pensado que el pasado es más primitivo que el presente, pero al estar rodeado por todo este antiguo arte, es tan claro para mí que la tecnología moderna, por increíble que sea, ha movido a la humanidad hacia atrás en la escala de la evolución. En cierto modo este arte de siglos pasados es más evolucionado que los nuestros que pagamos fotografiarlo con nuestros dispositivos, que realmente amaríamos recargar, por cierto. Después de la Mona Lisa, me encontré con una estatua antigua de un hombre o un Dios, que parecía tomar una selfie de sí mismo, con la gente de pie delante de él, reflejando la imagen por tomar selfies. Muy meta, pensé. En lugar de interrumpir la selfie de cada uno tratando de leer la placa y ver lo que realmente era la estatua selfie, sólo tomé una foto de ella en su lugar. Siempre puedo google.[/fusion_text]